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Cosas que no necesitas después de los 60: el mapa de tendencias de la psicología racional aplicada al envejecimiento
El detonante: un cambio tectónico en la narrativa del envejecimiento emocional
Algo profundo está ocurriendo en la intersección entre la psicología clínica, la tecnología de bienestar y la demografía. El fenómeno de contenidos tipo «15 cosas que ya no necesitas después de los 60», que Rafael Santandreu ha popularizado a través de su enfoque de psicología racional, no es un simple ejercicio motivacional para YouTube; es la punta visible de un movimiento que conecta inversión real, evidencia neurocientífica y un mercado de adultos mayores con necesidades de salud mental sin precedentes. Los datos lo confirman de forma rotunda: en España, la prevalencia de cuadros depresivos severos en mayores de 65 años ha pasado del 4,6% en 2020 al 10,5% en 2023, según la Encuesta de Salud del INE, y más del 40% de las personas mayores de 50 años ya presenta algún diagnóstico de salud mental. La sintomatología depresiva afecta al 29,9% de la población adulta española, con diferencias entre sexos que se agrandan precisamente a partir de los 65.
Lo que propone Santandreu, en esencia, es una versión divulgativa y afilada de la terapia racional emotiva conductual (TREC) de Albert Ellis, aplicada a las cargas emocionales específicas de la madurez: la aprobación ajena, la culpa heredada, la comparación social, el perfeccionismo y el aferramiento al pasado. Su concepto estrella, la «necesititis» —convertir deseos en necesidades absolutas—, es una traducción directa de las «exigencias dogmáticas» que Ellis describió como el núcleo de las creencias irracionales. El planteamiento no es nuevo, pero el momento sí lo es. La confluencia de una población envejecida, una crisis de salud mental post-pandémica y un ecosistema tecnológico que promete democratizar el acceso a herramientas de bienestar emocional está creando un mercado y una oportunidad clínica que no existían hace cinco años.
Las inversiones lo reflejan. Wysa, una app de salud mental basada en chatbot con IA que integra técnicas de CBT (terapia cognitivo-conductual), mindfulness y respiración, ha levantado 20 millones de dólares en su Serie B liderada por HealthQuad, con participación de British International Investment, y ha acumulado más de 400 millones de conversaciones con 4,5 millones de usuarios en 65 países. La FDA le ha concedido el estatus de Breakthrough Device Designation, una señal regulatoria que subraya su potencial para el tratamiento de condiciones graves. El NHS británico ya la utiliza como parte de sus servicios de salud mental online, y empresas como Accenture, Colgate-Palmolive y Swiss Re la ofrecen a sus empleados a través de programas de asistencia. Mientras tanto, el campo de los chatbots de salud mental se ha diversificado con jugadores como Woebot, Youper, Replika, Tess y Elomia, todos utilizando procesamiento de lenguaje natural (NLP) y análisis de sentimiento para detectar el estado emocional del usuario y ofrecer respuestas personalizadas. Patentes como la US20210098110A1 describen motores de respuesta basados en IA para bienestar mental, con funciones de journaling guiado y análisis de sentimiento integrado.
El eco cíclico: Epicteto en el iPhone
Nada de esto es genuinamente nuevo. La cadena intelectual que alimenta todo el movimiento se remonta, con una precisión casi incómoda, al siglo I d.C. Epicteto, el esclavo convertido en filósofo estoico, formuló la idea nuclear que subyace a toda la terapia cognitiva moderna: «No nos perturban los hechos, sino lo que pensamos de ellos». Albert Ellis reconoció esta influencia al construir su modelo ABC (Acontecimiento-Creencia-Consecuencia) en los años cincuenta, y Aaron Beck la recogió al desarrollar la terapia cognitiva en los sesenta. Lo que hoy llamamos «reestructuración cognitiva» —identificar pensamientos irracionales y reemplazarlos por otros más realistas— fue nombrado por Epicteto como «diairesis», un proceso de distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no. La dicotomía del control estoica, que enseña a aceptar lo incontrolable y enfocar la energía en la respuesta interna, es literalmente el principio operativo de la CBT aplicada a la ansiedad y la depresión.
Santandreu, al igual que Ellis, construye su sistema sobre esta base filosófica añadiendo un tono directivo y provocador que conecta bien con el público hispanohablante. Su libro «El arte de no amargarse la vida» es una aplicación práctica de la psicología cognitiva, la escuela terapéutica más respaldada del mundo, como él mismo subraya. Pero hay algo que la divulgación contemporánea suele omitir: Viktor Frankl, desde la logoterapia, añadió una capa que ni Ellis ni Beck cubrieron del todo. Frankl propuso que la motivación primaria del ser humano no es evitar el sufrimiento ni buscar el placer, sino encontrar un sentido. Y esto adquiere una relevancia particular en la vejez. García Pintos, desde la psicogerontología, ha definido la vejez como la «edad del sentido», argumentando que la dimensión noética —la capacidad de encontrar significado— alcanza su plenitud precisamente en el envejecimiento. La logoterapia aplicada a mayores trabaja el quiebre en la continuidad existencial que muchos experimentan tras la jubilación, la pérdida de roles y la muerte de seres cercanos, ayudándoles a orientar su existencia hacia el sentido como elemento integrador.

Este retorno cíclico al estoicismo y a la búsqueda de sentido no es casual. Cuando una sociedad envejece y la tecnología acelera la desconexión social, el ser humano vuelve a las preguntas fundamentales. Las apps de mindfulness, los wearables de monitorización del estrés y los chatbots con IA son, en el fondo, implementaciones tecnológicas de la misma pregunta que Epicteto se hacía: ¿qué está bajo mi control?
La evidencia clínica: lo que funciona (y lo que no tanto) después de los 60
La pregunta central que un lector escéptico debería hacerse es: ¿realmente funcionan estas intervenciones en personas mayores de 60? La evidencia es matizada, y conviene leerla sin las gafas del optimismo terapéutico ni del nihilismo clínico.
La CBT en mayores funciona, pero con tamaños de efecto más modestos de lo que la divulgación sugiere. Un meta-análisis de ensayos controlados aleatorizados (RCTs) publicado en la Universidad de East Anglia encontró que la CBT es significativamente más eficaz que la lista de espera o el tratamiento habitual para reducir síntomas de ansiedad en mayores, con un tamaño de efecto moderado. Sin embargo, cuando se comparó con un control activo (otra intervención), la diferencia a favor de la CBT fue pequeña y no siempre estadísticamente significativa. Otro meta-análisis centrado en el trastorno de ansiedad generalizada (GAD) en mayores confirmó efectos grandes frente a lista de espera (uno de cada dos pacientes obtenía beneficio adicional respecto a no hacer nada), pero el beneficio sobre controles activos era modesto. La CBT remota también ha demostrado eficacia en la reducción de ansiedad y síntomas depresivos en mayores, y hay ensayos recientes que exploran la CBT autoguiada por facilitadores no profesionales con resultados prometedores.
En el terreno del mindfulness, una revisión sistemática y meta-análisis de 2023 encontró que las intervenciones basadas en mindfulness reducen la mala calidad de sueño en personas mayores con trastornos tanto agudos como crónicos, con un tamaño de efecto moderado (Hedge’s g = −0,344). Un RCT de 2024 en mayores deprimidos mostró que el programa MBSR (Mindfulness-Based Stress Reduction) mejoró la regulación emocional y los problemas de sueño. Ahora bien, una revisión más amplia sobre MBSR y sueño (no solo en mayores) concluyó que frente a controles activos, el MBSR no mejoraba significativamente la calidad del sueño ni las deficiencias diurnas asociadas, y que muchos estudios tenían muestras pequeñas y sesgos de detección. La diferencia entre «mejor que nada» y «mejor que otra cosa» es crucial, y conviene tenerla presente.
Sobre la escritura expresiva, un hallazgo contraintuitivo emerge de un RCT japonés con mayores de 65 a 90 años: escribir sobre eventos estresantes no redujo la rumiación; en cambio, el grupo de control que escribió sobre algo banal (lo que compraron el día anterior) sí la redujo. Esto sugiere que para los mayores, la activación deliberada de recuerdos dolorosos puede ser contraproducente, y que tareas cognitivas ligeras pueden funcionar como una forma indirecta de regulación emocional. El entrenamiento en rumiación positiva mediante escritura expresiva ha mostrado eficacia en mejorar la capacidad de actualización de la memoria de trabajo, pero la evidencia específica en mayores sigue siendo escasa.
Un dato neurocientífico refuerza la tesis de Santandreu sobre soltar cargas emocionales. Investigaciones mediante fMRI han documentado el llamado «efecto de positividad»: con la edad, el cerebro tiende a recordar más información positiva que negativa. Este efecto se asocia a una mayor conectividad funcional entre la amígdala y la corteza prefrontal medial en reposo, lo que sugiere un mecanismo de regulación emocional top-down que se fortalece con los años. Los mayores con un efecto de positividad más pronunciado muestran mayor activación prefrontal al procesar información emocional y mayor habituación de la amígdala ante estímulos negativos. La teoría de la selectividad socioemocional de Laura Carstensen ofrece el marco explicativo: cuando las personas perciben su horizonte temporal como limitado, priorizan metas emocionales sobre las de conocimiento, reducen sus redes sociales a relaciones significativas y desarrollan una preferencia por experiencias positivas.
Las incógnitas: lo que falta en el puzzle
La narrativa de la liberación emocional después de los 60 es seductora, pero hay piezas del puzzle que faltan o que directamente contradicen el optimismo dominante. La primera brecha seria es la digital. Las apps de salud mental asumen un nivel de alfabetización tecnológica que muchos mayores no tienen, y las barreras de acceso a internet, competencia digital y confianza siguen siendo formidables. Un estudio retrospectivo de usuarios mayores de 65 años de la plataforma Happify encontró que solo el 30% de ellos usó la app al nivel recomendado (dos o más actividades por semana), y que solo quienes alcanzaron ese umbral mostraron mejoras significativas en bienestar y ansiedad. Es decir, la herramienta funciona para quien la usa, y la mayoría no la usa lo suficiente.
La privacidad es un problema estructural no resuelto. Una revisión de 116 apps relacionadas con depresión encontró que solo el 4% tenía una transparencia aceptable en privacidad y seguridad. De las apps recomendadas por centros de asesoramiento universitario, el 39% carecía de política de privacidad, y de las que sí la tenían, el 88% recopilaba datos del usuario y el 49% los compartía con terceros. Las preocupaciones sobre acceso a datos personales, protección de información sanitaria y falta de confidencialidad son barreras críticas para la adopción. Para un adulto mayor que ha pasado toda su vida resolviendo sus problemas en un consultorio presencial, la idea de contarle sus angustias a un chatbot que almacena esas conversaciones en servidores remotos es, como mínimo, inquietante.
Los wearables de monitorización del estrés, como los dispositivos Fitbit, muestran correlaciones fuertes con medidas de ECG de referencia y errores porcentuales absolutos inferiores al 10% en la mayoría de las tareas, lo cual es técnicamente aceptable. Pero la validación se ha realizado predominantemente en adultos jóvenes y sanos, no en mayores con comorbilidades cardiovasculares que alteran la variabilidad del ritmo cardíaco. Además, el salto de «medir la frecuencia cardíaca con precisión» a «detectar estrés psicológico de forma clínicamente útil» es enorme y aún no se ha validado de forma robusta en poblaciones geriátricas.
Finalmente, la eficacia de la CBT en mayores, aunque real, es inferior a la observada en adultos en edad laboral. Los autores del meta-análisis de la UEA concluyen explícitamente que «los pequeños tamaños de efecto a favor de la CBT sobre controles activos ilustran la necesidad de investigar otros enfoques terapéuticos que puedan sustituir o aumentar la CBT para incrementar la efectividad del tratamiento en mayores». Esto no invalida la CBT, pero sí obliga a ser honestos sobre sus límites.
Impacto pragmático: dónde poner el dinero y el ojo
Para marcas y empresas
El mercado del bienestar emocional en adultos mayores de 60 años es uno de los más desatendidos y con mayor potencial de crecimiento en los próximos 12 a 36 meses. Wysa ha demostrado que el modelo freemium con monetización B2B (empresas, aseguradoras, sistemas de salud pública) es viable, con el 80% de sus ingresos procedentes de clientes corporativos. Las empresas que ofrecen programas de bienestar a empleados senior y jubilados están en buena posición para capturar valor. El NHS británico y el Ministerio de Salud de Singapur ya utilizan Wysa como solución para la población general.
En el segmento de apps, la oportunidad no está en crear otra app genérica de meditación, sino en desarrollar intervenciones digitales específicamente diseñadas para las necesidades de los mayores de 60: duelo, jubilación, soledad, pérdida de roles, gestión de la salud crónica. Headspace y Calm dominan el mercado generalista con más de 1.000 ejercicios y funcionalidades de sueño, meditación y respiración, pero ninguna de las dos tiene un vertical específico para mayores con contenido adaptado (interfaz de alto contraste, navegación simplificada, voz más lenta, contenido sobre duelo y sentido vital). Ahí hay una brecha clara. Apps como CBT-i Coach (gratuita, desarrollada por el VA estadounidense para el insomnio) y Mindshift (CBT para ansiedad) ofrecen intervenciones más focalizadas y con mejor evidencia clínica que las plataformas de meditación genérica.
En el terreno de los wearables, Fitbit y dispositivos similares necesitan validaciones específicas en poblaciones mayores con comorbilidades para que sus funciones de monitorización de estrés y sueño sean clínicamente relevantes en este segmento. El fabricante que primero publique un estudio robusto de validación en mayores de 65 con condiciones crónicas tendrá una ventaja competitiva significativa.
Para el lector: cómo cambia la vida en los próximos dos años
La promesa práctica de este ecosistema es concreta: en los próximos 12 a 36 meses, un adulto mayor de 60 podrá acceder a un chatbot de IA que utilice técnicas de CBT y REBT con análisis de sentimiento en tiempo real, monitorizar su nivel de estrés y calidad de sueño mediante un wearable de muñeca, y seguir programas de mindfulness guiado de 3 a 10 minutos desde su móvil. Todo ello por el coste de una suscripción mensual de entre 10 y 15 euros o, en algunos países, de forma gratuita a través del sistema público de salud.
Pero la lección más dura y más útil viene de la propia evidencia. Las herramientas tecnológicas solo funcionan para quienes las usan de forma consistente, y la mayoría no lo hace. El consejo más rentable para un adulto de 60 años que quiera mejorar su bienestar emocional no pasa necesariamente por comprarse un Fitbit o descargarse Headspace. Pasa por algo más antiguo: aprender a distinguir lo que depende de uno y lo que no, reducir las exigencias absolutas sobre los demás y sobre uno mismo, y aceptar que la rumiación del pasado es un hábito que se puede interrumpir con tareas cognitivas simples (incluso escribir sobre lo que compraste ayer funciona mejor que revolver eventos traumáticos). Las redes sociales, lejos de ser una herramienta neutra, muestran una asociación clara con ansiedad y depresión cuando el uso supera las seis horas diarias (OR 1,44 y 1,50 respectivamente) y cuando se instala la adicción (OR 2,81 y 2,51). El consumo pasivo —scrollear sin publicar ni interactuar— genera comparación social ascendente y expos